La Unión Europea y Canadá: una relación a profundizar
Joaquim Llimona / Director del CEI International Affairs. Profesor de derecho europeo de la Universidad de Barcelona.
El pasado 15 de septiembre, durante el debate sobre el Estado de la Unión, ante el Parlamento Europeo y en presencia Mark Carney, Primer Ministro de Canada, Úrsula Von Der Leyen lanzó la propuesta de convertir Canadá en el primer miembro asociado de la Unión Europea.
Esta propuesta adquiere todo su sentido si se consideran tres realidades:
- Más allá de su concreción jurídica, la iniciativa se fundamenta en una sólida y duradera relación de cooperación que abarca desde la economía y el comercio, los intercambios de personas, la seguridad y defensa y presupone el compartir los mismos valores.
- Esta relación, además, ha favorecido una gran sintonía política, comercial, cultural y la identificación de las potenciales alianzas que pueden emprender conjuntamente y en muchos casos añadiendo terceros países.
- Finalmente, un contexto global altamente tensionado, económica, política y militarmente, en el que el tradicional aliado, tanto de Canadá como de la UE, pone en duda el multilateralismo y promueve un cambio de prioridades económicas, políticas y estratégicas.
Europa y Canadá se enfrentan a un mundo de gigantes, con reglas que cambian de manera continua y en el que la respuesta a los grandes retos, para que sea eficaz, exige una gran fuerza económica, tecnológica y una capacidad defensiva reforzada.
Cuando dos bloques se encuentran en sintonía y presentan un largo y sólido historial de cooperación y por otra parte se resquebrajan otras alianzas y se tambalea el orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial, imperfecto pero que ha evitado males mayores; dar un paso adelante, mostrar una voluntad compartida de ir más allá en las relaciones bilaterales, son sin duda iniciativas que como europeos nos refuerzan, nos devuelve la confianza en nuestro proyecto, y generan un efecto similar en el Canadá.
Un proyecto que responde a una concepción no “de confrontación” de las relaciones internacionales, sino cooperativa y abierta a alianzas con otros actores. El peso de ambos, de Canadá y de la Unión Europea, convierte esta voluntad en un proyecto de impacto global.
Queda, como decía al inicio del artículo, la concreción jurídica de esta alianza reforzada. Canadá no puede convertirse en miembro de una organización regional que agrupa a Estados Europeos. Un cambio de este límite supondría modificar la naturaleza y esencia de la Unión Europea. No parece pues adecuado plantear la plena membresía.
Pero la UE prevé la asociación como un marco de geometría variable, que no exige la ubicación en Europa, y que puede ir desde un acuerdo comercial reforzado a un auténtico partenariado estratégico que abarque la integración económica, los intercambios humanos, la cooperación tecnológica, académica y cultural, ámbitos tradicionales de la UE; pero que se extienda a la defensa, a la política exterior, a las migraciones.
Es ahí donde se debe profundizar. El marco jurídico existe, debe añadirse la voluntad política. El clima que se vivió en Estrasburgo, en el plenario del Parlamento, con la Comisión lanzando una idea y el Primer Ministro de Canadá, recogiéndola, son buenos signos. Pero en los próximos meses, sin perderse en debates nominales, la UE y Canadá pueden y deben concretar la propuesta.